Amor y relaciones humanas, ¿regresar a Kansas?

| Enero 5, 2014

regresarEs paradójico que las relaciones humanas, la interacción entre dos personas, el dar y recibir, la capacidad de ofrecer al otro lo que queremos para nosotros mismos, sea probablemente la asignatura más difícil que debemos pasar en nuestra vida.

Aprender a llevarnos de forma madura con nuestros semejantes no debería ser tan complicado. Si entre dos personas ambos queremos algo, y puede llegar a ser contradictorio porque no hay dos de lo que deseamos o porque la decisión afecta de forma negativa al otro, bastaría con que las buenas intenciones y una buena conversación lo solucionaran todo. Pero no es así.

Terminamos siempre asumiendo nuestra individualidad –lo que no está mal como principio de vida, si lo hacemos con moderación–, pero haciéndola prevalecer por sobre todas las otras consideraciones posibles, lo cual no es siempre conveniente para mantener unas mínimas relaciones humanas saludables.

¡Pero Hector, me dirán algunos, te estás sorprendiendo de algo que es congénito en todos! Puede ser, quizás es parte de nuestro imperativo noviciado mientras esperamos el paso a otra cosa, nuestra obligación como seres humanos. Y para complicarlo todo aún más, la decisión voluntaria de compartir la vida con alguien, el amor, o la unión de pareja, el matrimonio, o como quiera que se le llame, no cambia la esencia de esta idea.

Rainer María Rilke dijo:

“También es bueno amar, pues el amor es cosa difícil. El amor de un ser humano hacia otro: esto es quizás lo más difícil que nos haya sido encomendado. Lo último, la prueba suprema, la tarea final, ante la cual todas las demás tareas no son sino preparación.”

De acuerdo, asumo lo que ahora están pensando decirme: no es necesario que dos personas se amen para vivir la vida juntos. Sí, basta que sólo uno lo haga, o puede que ni se amen, pero el vínculo de unión sea de otro tipo, material, como un patrimonio común; familiar, como los hijos, o algo más que se puede argumentar.

Pero ese espíritu de sacrificio, esa capacidad de abandonar lo que amamos, o lo que creemos, para entregarnos a una vida de abnegación no siempre trae buenos resultados porque algunas veces nos obliga a una existencia escasa de significación.

Todos hemos sentido el poderío despiadado del amor. O al menos eso espero, porque si nunca has sentido el deseo de entregar sin recibir nada a cambio, las ganas de tener a alguien a todas horas a tu lado, de compartir los más mínimos detalles de tu vida, de cambiar todo lo que creías o deseabas por alguien –aunque luego no lo hicieras–, te has perdido uno de los momentos más inolvidables y fructíferos.

Es triste no haber sentido nunca amor, aun cuando sabes que duele la pérdida, o la separación, o sacrificar lo amado, o lo que sea que traiga que no sea bueno. Pero la catarsis que produce, la narcótica sensación de placer o la sacudida que te da obligándote a enfrentarlo todo con optimismo, es inigualable. Merece la pena sentir, aunque sea por casi nada de tiempo, los privilegios del amor, por más que luego cueste media vida o la vida entera para arrancarlo de dentro.

En la sorprendente serie Masters of Sex un médico joven que se llama Ethan se enamora de forma intensa de uno de los personajes más importantes de la serie. Su amor no está exento de carga física porque descubre nuevas formas de sexo –¿no es sexual, de alguna forma, casi todo el amor de pareja?– hasta entonces desconocidas para él y para una sociedad excesivamente medrosa para estas cuestiones.

Ethan compara su experiencia con la película El mago de Oz, de 1939. Aquella en la que Dorothy (Judy Garland) sale de su granja de Kansas, en blanco y negro, para vivir toda la película en Oz con los colores que en la época ofreció Technicolor.

Cuando Ethan habla con una amiga sobre su decepción amorosa posterior le dice:

Antes de ella, yo sabía exactamente cómo iba a resultar mi vida. Entonces la conocí, y repentinamente pude ver un futuro totalmente diferente para mí mismo. En color.

Esta es, en resumidas cuentas parte de esa sacudida interior que nos da el amor. Nos deja desconcertados, incapaces de entender qué ha pasado, sin argumentos válidos para enfrentarnos a lo que nos ha llegado de improviso. Viendo en colores un mundo que hasta entonces parecía en blanco y negro, incluso aunque no lo fuera.

Lo insoportable de las relaciones humanas, y sobre todo, del amor, lo que nos deja trastornados para siempre es cuando luego de la increíble aventura en color debes volver a vivir la vida en blanco y negro. “Una vez que has estado en Oz, ¿quién quiere regresar a Kansas?”

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  • Daniel:

    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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    Ese dilema ya tiene solución: El dilema del tranvía http://www.margencero.com/almiar/dilema-del-tranvia/...

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    Gracias... A veces siento que no valgo nada como persona y que soy insignificante. Supongo que no podre...

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Escrito por Hector García Quintana