Nuestros recuerdos, ¿o no?

| marzo 2, 2009

El primer recuerdo de mi infancia se lo disputan en mi cabeza dos momentos que no puedo ubicar cronológicamente: podría ser el regreso de un viaje que hice con mi padre por varias zonas turísticas de mi provincia. No recuerdo nada del viaje, quizás estuvimos en alguna fiesta junto a sus compañeros de trabajo, nunca lo he preguntado, pero sí recuerdo la reacción de mi madre cuando llegamos a casa que estaba histérica porque el viaje había demorado más de lo previsto y no le habíamos avisado. El otro en disputa es que estaba durmiendo en mi cuna y mi madre trataba de levantarme mientras yo me hacía el dormido, tanto que llegué a orinarme encima para no dar mi brazo a torcer, y mi madre, lejos de molestarse, se dedicó a reprocharme con palabras cariñosas.

Creo que nunca lo sabré y ya tengo dudas de su veracidad. En un reciente estudio de la revista Psychological Science y que luego se ha hecho evidencia y motivo de estudio de la False Memory Syndrome Foundation (algo así como la Fundación del Síndrome de los falsos recuerdos) han demostrado que tenemos recuerdos cuyos espacios en blanco nuestra memoria ha rellenado con momentos inventados, es decir con productos de nuestra imaginación.

No es una investigación cualquiera sobre la base de supuestos o una hipótesis sin base sólida. Se presentaron fotografías a varias personas, que no tenían conocimiento previo de la naturaleza de la investigación, de sitios donde habían estado, pidiéndoles que expresaran lo que recordaran de ese momento. A la vez que se les enseñó otras fotos donde jamás habían estado y en todas las fotografías, tanto reales como apócrifas, contaron recuerdos, unos reales, otros, sencillamente inventados. Para sustentar la hipótesis de trabajo sobre una base biológica, se hizo un estudio de las zonas del cerebro donde se identificaron aquellas neuronas que se activan cuando los recuerdos son verdaderos y las que lo hacen cuando somos conscientes que inventamos. Lo interesante es que en durante la recreación de los falsos recuerdos se activaron zonas del cerebro que aparente nos hacen creer que lo hemos vivido en realidad. Es decir hasta el cerebro, nuestro centro de mando, se termina creyendo nuestros falsos recuerdos.

El descubrimiento de dicha anomalía, si es que se le puede llamar así, ha llegado más lejos al implantar falsos recuerdos en la mente de los participantes en posteriores estudios al hacerlos “recordar” con bastante fidelidad el día que Bugs Bunny les abrazó en un parque de Disney. Todos dieron detalles de ese momento: la pelusa de las orejas del personaje, la sonrisa de sus padres, la cara del actor que estaba dentro del muñeco. Pues bien, esto simplemente no sucedió, es imposible porque Bugs Bunny no es, y nunca ha sido, de la factoría Disney.

Mi pregunta, ¿hasta qué punto los recuerdos que tenemos fijos en nuestra memoria no están adornados, mejorados y rellenados por nuestros anhelos, sueños o vivencias posteriores. ¿Quién puede asegurarnos que el primer beso de amor o la primera noche de sexo no están embellecidos por el deseo de que fuera único o por nuestra frustración del agradable recuerdo que los demás dicen tener de ellos? ¿Quién nos puede asegurar que algunos de nuestros recuerdos completos no sean quizás, simplemente, un sueño, un trozo de película que nos quedó grabado durante el sueño u otra invención más de nuestro cerebro?

Es escalofriante imaginar que hasta en ello podemos estar equivocados. Si lo pensamos bien podríamos entender el por qué hay víctimas de secuestro que justifican, comparten y llegan a asumir como propias, las ideas de sus secuestradores. En una situación extrema, nuestro cerebro crea mecanismos de defensa ante el conflicto que se le presenta, de ahí ésta forma de solución o la expulsión de adrenalina en situaciones de peligro o dolor extremo.

Nos queda pues la satisfacción del destino utilitario de esos recuerdos. Ya que pueden no ser reales al menos podemos sacarle jugo desde el momento en que nos sirve para algo: escribir un libro, arrancar una terapia o volver a vivir momentos agradables que tenemos como propios y pueden no haber sucedido. Si lo analizamos bien, no es el fin del mundo, como tampoco lo fue cuando descubrimos que no éramos el centro del universo o cuando un naturalista medio loco dijo que podíamos ser una consecuencia de la evolución de unos monos. Pero nos deja con una desazón incontrolable al pensar que quizás, muchos de nuestros patrimonios más seguros, tampoco lo son. Esperemos que no nos den más sorpresas, pero no apostaría por ello. En algún momento otro Bugs Bunny nos quitará una nueva ilusión, ojalá no sea tan duro el golpe.

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Comentarios (1)

 

  1. Esther/Lubana dice:

    Sobre este tema creo, que no existe ninguna duda. Incluso las vivencias de un mismo suceso, por ejemplo una madre riñe por igual a dos de sus hijos, pero sin duda les afecta de manera muy diferente.El recurdo será completamente distinto para los dos, incluso distinto de lo que la madre quisó a lo mejor inferir al hacerlo, a la hora de recordarlo cada uno añadira sus propios sentimientos y elsuceso será totalmente cambiado…

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Últimos comentarios

  • Daniel:

    Ví la versión original (para algunos "editada") y me encantó. Ese encantó me llevó a quedarme pegado...

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