Mis primeros 40 años

| junio 24, 2010

¡Menuda tontería! Tanto que dije que el año 2000 era una meta inalcanzable y heme aquí presumiendo de 40, dos veces 20, pero no dos adolescencias sino una sola madurez.

Mi amiga Raquel me hace una pregunta inocente ¿Qué queda del Hector de hace 18 años? A Rach la conocí en 1992, en un viaje como parte de un intercambio cultural de mi añorada facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana con la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán.

La vida nos llevó por caminos diferentes y gracias a la tecnología nos reencontramos, nos prometemos vernos y mantener esa amistad que tuvo una pausa de vida.

La pregunta tiene una dosis de interesante melancolía. ¿Qué queda del Hector de hace 18 años, de cuando creía que el mundo estaba pendiente de mi entorno, que los cambios eran posibles con solo estirar la mano o mover un dedo, qué de aquel Hector que presumía de cimas alcanzadas que no tenían que ver con nuevas tierras, ni altas metas espirituales?

Jamás creí que una pregunta tan sencilla me haría filosofar. ¿Realmente soy tan diferente? Quizás Rach no era tan inocente cuando hacía la pregunta. Quizás imaginó que mi cerebro se perdería en un monte de recuerdos inenarrables, escenarios adolescentes que no repetiría ni volviendo a vivirlos. Y me aclara: “No del que tenía 18, si no del de hace 18 años”.

Curioso, un matiz diferente, porque hace 18 años yo tenía 22 y, entre los 18 y los 22 mi vida podría haber dado un vuelco interesante. Pero no, a los 18 y a los 22 el vuelco no existía, la timidez de los 18 se mantenía cuatro años después, seguía siendo un tonto presumido que creía en la posibilidad de mejorar una Cuba que no quería ser mejorada, que creía en la lucha contra el mundo para convencerlos de lo que fuera y que creía que a veces lo individual debía ser puesto en cuarentena frente a lo colectivo.

Pero si la pregunta fuera, ¿qué queda del Hector de hace 15 años?, entonces habría algo menos para escribir. A los 25 todo fue una revolución interna. La vida dio un vuelco para dejar de creer en lo que hasta entonces era imposible dejar de creer, y el mismo cambio dejó una persona más abierta a los cambios, más tolerante a los criterios contrarios, más dispuesto a ser convencido de lo que no está convencido.

Éste que hoy ama un Madrid que se ha inventado y extraña una Cuba que no existe, es más pausado, más tolerante y comprensivo. Acepta con mayor paciencia los argumentos en los que no cree porque él mismo comprendió entre los 22 y los 40 que los argumentos tienen la exacta durabilidad que tiene un merengue a la puerta de un colegio. O actualizando el dicho: lo que un Iphone en un asiento del metro.

He aprendido que quien no se toma en serio los proyectos que arranca, acaba porque los demás nunca le tomen en serio, y que si quieres empezar algo grande, algo que conlleve todas tus energías y cambie por completo tu vida, tienes que hacerlo por tu cuenta a menos que tengas capacidades como líder para convencer a otros de que te ayuden, cosa de la que carezco por completo.

Sólo no comulgo con dos cosas, y es un defecto que tendré que mirarme antes de hacerme mayor: que no soporto la ignorancia, a menos que no sea una decisión libremente escogida –¡Soy bruto porque me da la gana! ¿Y qué?–, y no aguanto la necedad; no la terquedad, que siempre terminamos por confundir con la necedad, sino aquellos que pretenden saber de tortillas sin haber roto un huevo –perdonen la imagen facilona.

No soporto a quienes sin saber sobre un tema –que se les nota por encima de la seda– incluso a veces de espaldas a la razón, y a veces sabiendo que no la tienen, siguen obcecados en sus argumentos, que no escuchan, que interrumpen para evitar escuchar ideas contrarias a las que creen. Quizás es que he aprendido, despacio pero seguro, a amar dos cosas indispensables: la libertad y la tolerancia. Es lo que faltaba en mí hace 18 años. ¿Tendrá que ver con haber nacido en San Juan (el día) y en San Juan y Martínez (el lugar)? A saber.

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