Elogio de mi enemigo

| junio 1, 2012

Quien no tiene enemigos, tampoco suele tener amigos.

Baltasar Gracián

Probablemente este texto no debería haberse escrito. Abogo a menudo por centrarse en lo importante y desechar lo nimio de nuestras vidas. Y sin embargo, escribo un texto para algo que es, en realidad, de las cosas menos importantes de nuestras vidas: los enemigos.

¿Por qué me salgo de mis normas habituales?

Temple Grandin dijo en su conferencia de las Ted Talks que si algo bueno tenía su pasión por el trabajo es que sabía que estaba haciendo del mundo un lugar mejor. Lo tomo como máxima de vida, porque sé que, lo haga bien o lo haga mal, siempre habrá gente que se sentirá bien y mejorará su vida por las cosas con las que me apasiono.

Pues hoy escribo a los que no les pasa. Los que se incomodan por las cosas que haces.

Algo he aprendido en el camino. Una de las más importantes moralejas es que por más buena voluntad que pongas en tu trabajo, por más que intentes hacerlo todo bien y empeñes tus ganas en algo con la mejor de las intenciones, jamás podrás complacer a todos. Y por lo mismo, no deberías obligarte (como alguna vez intenté) en tratar de satisfacer a todos, si no a aquellos, que aunque disientan, les importa lo que haces.

Abraham Lincoln, citado por Francis B. Carpenter, comentó:

…si yo fuera a leer, incluso a contestar, todos los ataques que me dirigen, habría que cerrar esta tienda para ocuparnos únicamente de ese negocio. Yo actúo lo mejor que puedo y mejor me parece; y pienso seguir haciéndolo hasta el final. Si al final el resultado es bueno, lo que se diga en contra de mí no tendrá ninguna importancia. Pero si al final el resultado es malo y aunque diez ángeles juraran que yo tenía razón, no habría ninguna diferencia, igual estaría mal.

Es claro. En tu labor, hagas lo que hagas, siempre que tenga beneficios para los demás, tendrás incomprensiones y hasta ganarás enemigos “aparentemente inesperados” en el camino; “aparentemente inesperados” porque, si te fijas bien, los ves venir. Y no confundamos enemigo con contradictor, (al que se puede incluso llegar a admirar) porque hay quien cuestiona tus métodos, pero luego te da una llave para te abras en el camino. Contradictores, disidentes, objetantes hay muchos, pero estos saben apreciar aquellas aristas inapreciables de nuestro trabajo y nos lo comentan.

El enemigo es muy evidente porque jamás te dará la escalera que le sobra y que te podría sacar de un socavón. Es quien disfruta con tu humillación, quien no es feliz en su vida si no tiene antes la confirmación de tu fracaso, aquel que se cuenta en la historia que se saca un ojo para que tú puedas perder los dos.

Algunos malinterpretan tu desempeño, sin preguntar, sin recabar tu opinión, simplemente asumen una posición por prejuicios personales y las extienden en su forma de actuar. De estos puedes salvar a algunos, los que se abren a ti, te cuentan sin pelos sus temores y disgustos. Nunca serán amigos, pero podrán llegar a comprender lo que haces y hasta prodigarse admiración mutua.

Los que jamás podrás salvar son los envidiosos, los que te ven como una amenaza por más que tu quehacer no tenga nada que ver con ellos, y jamás sigues ni su vida ni su ejemplo, por más que crean lo contrario. Estos se acostumbraron a unas reglas donde su éxito depende de ser los únicos en el podio. Son incapaces de aceptar ideas distintas que impliquen proyectos diferentes y jamás aceptan la competencia que implica vivir en democracia.

Tampoco podrás salvar a los resentidos, los que Baltasar Gracián retrató cuando dijo que de los amigos ofendidos salen los peores enemigos, porque “añaden a su defecto todos los ajenos.” Estos son los que por algún motivo, por un desacuerdo que se pudo solventar poniendo buena voluntad para resolverlo, se convierten en los caciques más camorristas contra ti.

No hay solución tampoco a los que creyendo que la amistad es otra cosa, intentaron arrebatarte algo preciado asumiendo que tenían derecho a ello, otros te prometieron grandes trasatlánticos para navegar cuando decidiste emprender un viaje en una barca pequeña, que si la hubieras tirado, ahora estarías amarrado a una balsa en alta mar.

¿Creaste tú esos enemigos? Aunque no era tu intención, sí, los creaste mientras hacías lo que creías correcto. Es imposible no crearse enemigos cuando se hace algo que crea lazos entre personas ajenas.

También a Gracián se le atribuye esta repetida frase:

Triste cosa es no tener amigos. Pero más triste es no tener enemigos. Porque quien enemigos no tiene, señal de que no tiene talento a quien haga sombra, ni carácter que abulte, ni valor que le teman, ni bien que le codicien, ni honor que le murmuren, ni razón alguna que le envidien.

Probablemente tenga razón, pero como dijo Lincoln, la peor de las formas de enfrentarlos es dedicarles excesivo tiempo.

Ya que son inevitables lo mejor es asumirlos; como en el ajedrez, que no tiene sentido si no es porque existe un enemigo al que enfrentar. Saber que están ahí, quieras o no quieras, que su labor de intentar minar el terreno que pisas es el mejor de los entrenamientos para hacerte más ingenioso como zapador. Tener enemigos incómodos es de las mejores formas de hacer sobresaliente tu trabajo, porque sabes que en cada mal paso que des, estarán ellos detrás para sacudirte una buena patada en el suelo. Tendrás que esforzarte más para equivocarte menos. No darles herramientas perfeccionando tu trabajo es una buena conclusión para aceptarlos, asumirlos y desacreditarlos.

Por eso debes hacer, de lo que proyectas, lo más cercano posible a la perfección, y de paso disfrutar al máximo el viaje, no prestar atención a los que por su propia voluntad, se empecinan en poner obstáculos o enfrentarte sin motivos. ¡Allá ellos! Si crees en lo que haces y te divierte, y lo disfrutas, que sean ellos quienes se pierdan la fiesta que hagas cuando estén fuera del recinto.

La frase de Goethe en su poema Ladrador (Kläffer) y que Schopenhauer cita en su obra Sobre la voluntad en la naturaleza –y que erróneamente se le atribuye a Cervantes por la genialidad de Orson Welles– es una buena forma de sentirte a gusto con los enemigos:

“…El perro quisiera acompañarnos desde el establo; el eco de sus ladridos demuestra que cabalgamos”.

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